La casa construida de todos modos

Fui traicionado.

Los árboles no discutieron.
Sólo permanecieron allí,
sosteniendo su silencio verde
contra el cielo.

Fui abandonado.

El arroyo siguió corriendo,
plata sobre piedra,
como si incluso la tristeza
tuviera algún lugar adonde ir.

Durante años llevé el duelo
como a un niño
que nadie más quiso reclamar.

Lo llevé por habitaciones
donde las puertas recordaban
haber estado cerradas.

Lo llevé en el estómago,
donde el viejo golpe
aún sabía mi nombre.

Lo llevé en la garganta,
donde la respiración aprendió,
una vez,
a tener miedo.

Y la vergüenza,
ese abrigo oscuro,
seguía apareciendo
al pie de mi cama.

Pero nunca fue mía.

Que vuelva
a las manos que la hicieron,
a las bocas que la negaron,
a la casa donde todos
acordaron no ver.

Que cuelgue allí.

He caminado muy lejos
del sótano,
de los lugares sin aliento,
del niño
que esperaba
que alguien viniera.

Y aun así,
en el campo de todo esto,

perdono a mi madre.

No porque la puerta fuera bondadosa.

No porque el silencio fuera misericordia.

No porque el abandono
pueda volverse santo
sólo por llamarlo familia.

Sino porque he visto
a la niña en ella
todavía escondida
de su padre.

He visto el antiguo terror
moverse por las generaciones
como el invierno por un árbol.

He visto cómo los no amados
a veces no saben
amar
sin miedo en las manos.

Así que la perdono.

Y perdono también a los otros,

a los hermanos,
a las hermanas,
a los hijos
que heredaron una historia
que nunca fue verdad.

Los perdono
por lo que no pudieron enfrentar,
por lo que no quisieron oír,
por las habitaciones que mantuvieron cerradas
porque abrirlas
habría arruinado
el clima de la familia.

Pero no me arrodillaré
ante la mentira
para llamarla paz.

No entraré
en una casa construida otra vez
sin la verdad
en sus cimientos.

No haré que el niño herido
pague una vez más
por la comodidad de otros.

El perdón no es una llave
para todas las puertas cerradas.

A veces es la mano
que por fin se abre,
soltando la cadena.

A veces es el río
que sigue rodeando la piedra,

no por volverse menos
que agua,

sino por recordar
el mar.

Y mira,

mi vida sigue aquí.

Mi amada me llama
desde la puerta.

La tetera canta.

Un pájaro, temerario en su alabanza,
lanza todo su cuerpo
hacia la mañana.

La luz entra
sin pedir permiso.

No digo
que el duelo se haya ido.

Digo
que ya no es dueño
de la casa.

No digo
que no fui herido.

Digo
que la herida no llegó a ser
mi único nombre.

Fui traicionado.

Fui abandonado.

Cargo duelo.

No es mi vergüenza.

Y de algún modo,
con estas manos marcadas,
con este cuerpo
que aprendió de nuevo
la obra santa
de respirar,

he construido
una vida hermosa
de todos modos.

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